Tenemos la ilusión de controlar el futuro, o por lo menos creemos conocer los posibles escenarios que podrían suceder.
Es una trampa mental bastante común, pensamos que entendemos el juego porque reconocemos algunas variables, como si la vida fuera una ruleta de casino. Pero en el mundo real conocemos solamente un puñado de factores dentro de un sistema con miles de variables invisibles. Y lo más interesante es que incluso la variable más diminuta, la que parece irrelevante, puede empujar a todas las demás de forma desproporcionada.
Por eso, si quiero escribir un libro que pueda ser leído en 20 años, proyectarlo hacia el futuro es difícil. Tan difícil que sería inútil gastar energía. Pero. Pero. Pero existe un truco que podemos usar en estos casos: la gimnasia de proyec- tar el libro 20 años para atrás, hacia el pasado. Para poder hacerlo, tuve que mirar por el espejo retrovisor. Si lo que vas a leer en estas páginas hubiera tenido sentido en 2005 —cuando no existía TikTok, cuando el iPhone era apenas un prototipo, o cuando tus papás se mandaban SMS— entonces probablemente también tenga sentido en 2045.
A esto se lo conoce como el Efecto Lindy. La historia de este concepto es fantástica. En los años 60, en Nueva York, un grupo de actores desempleados se juntaba todas las noches en un bar llamado Lindy’s Deli. Se sentaban a hablar, chusmear y analizar su industria. Al ob- servarlos, el escritor Albert Goldman se dio cuenta de algo: el futuro laboral de un actor no dependía tanto de su juventud, sino de cuánto tiempo llevaba sobreviviendo en ese mundo.
La regla es contraintuitiva pero simple. Para las cosas perecederas –como la comida o los humanos–, cada día que pasa nos acerca más al final. Pero para las cosas no perecederas –como las ideas, los libros o los chistes–, cada día que sobreviven es una señal de fuerza. Y cuanto más sobreviven, es más probable que sigan sobreviviendo. Si un libro lleva 50 años vendiéndose, lo más probable es que se venda por 50 años más. En cambio, el best seller que salió ayer y que todos olvidarán el mes que viene, tiene una baja expectativa de vida.
Por eso, este libro no trata sobre la última tendencia de la semana. Trata sobre los mecanismos que nos hacen humanos: el humor, la abstracción y esas ideas contagiosas (¿alguien dijo memes?) que vienen saltando de cerebro en cerebro desde que vivíamos en cuevas.
Si estás leyendo esto en el 2045, espero que el Efecto Lindy haya hecho su magia y estas páginas te sigan diciendo algo. Y si lo estás leyendo hoy, bienvenido al club de los que preferimos las ideas que no tienen fecha de vencimiento.